Mis libros de 2019

Escribo este post con El corazón de Inglaterra al lado, hace un rato he subrayado una frase de Jonathan Coe: “cada pocos minutos llegas a un cruce y tienes que hacer una elección. Y cada decisión que tomas tiene el potencial de alterar tu vida. En ocasiones de manera radical”. Coe habla de las decisiones que cada conductor toma al volante, pero yo, que no conduzco, creo que en realidad habla de cada elección y renuncia que hacemos.  Edificamos nuestra vida sobre esas elecciones y renuncias. Me gusta la literatura que me enseña cómo vamos construyendo esa realidad, cómo elegimos el material equivocado, cómo derribamos muros, cómo ponemos otros donde nunca debieron estar, cómo vemos paredes donde sólo están nuestros miedos.

2019 ha sido un año lleno de tropiezos, pero también lleno de libros que me han ayudado a entender y a entenderme.

Todo lo que no te conté, de Celeste Ng (Alba Editorial). En rigor, este fue el último libro que leí el año pasado, lo hice en el tren de vuelta a Madrid después de pasar la Navidad en casa.  Es una novela sobre los silencios en torno a los que se tejen los lazos familiares. Una historia con mil capas que nos demuestra lo poco que sabemos a veces de quienes tenemos al lado. También tiene un fragmento que me persigue: «–No sé –dijo–. La gente decide cómo eres antes incluso de conocerte –miró a Jack con repentina intensidad–. Más o menos como has hecho tú conmigo. Se creen que lo saben todo de ti. Solo que nunca eres quien creen que eres».

El final del affaire, de Graham Greene (Libros del Asteroide). Una novela preciosa sobre el amor con mayúsculas. Ese que obliga a conjugar pasión, responsabilidad y fe. Una historia que crece en complejidad conforme avanzan las páginas. Pocos narradores como Greene para radiografiar la condición humana, para recordarnos que a veces el mayor acto de amor pasa por renunciar a estar con la persona amada. La vida puede ser muy estúpida.

El colgajo, de Philippe Lançon (Anagrama). Lo leí en un par de días, pero me golpeó durante semanas.  Lançon, superviviente del atentado de Charlie Hebdo, relata su durísimo proceso de recuperación, pero lo hace en un libro bellísimo que va mucho más allá. Cualquiera que haya pasado por un duelo (y el duelo puede tener muchas formas) encontrará refugio en este libro como su autor encontró refugio en la música de Bach o en los libros de Kafka. Escribí aquí sobre ‘El colgajo‘.

El arte de llevar gabardina, de Sergi Pàmies (Anagrama). Un libro de relatos delicioso, trece cuentos en los que se respira vida. Hay humor, desengaño, desamor, sueños truncados, hay música, está presente la muerte. Y antes de enfrentarse a ella una pregunta que nos atormenta a todos antes del ocaso: ¿he hecho feliz a alguien?

Gente normal, de Sally Rooney (Literatura Random House). Me gustó el primer libro de Rooney, pero aquí hay un salto importante. La escritora irlandesa parte de la premisa fácil de chico conoce a chica para presentarnos a dos personajes rotos, Marianne y Connell. Una pareja que se conoce en la adolescencia, que no para de cometer estupideces, de ahogarse en silencios. La historia de dos personas traumatizadas que durante años se quieren a pesar de sus propios traumas, que a menudo se quieren mal. No hay redenciones, ni finales felices. La novela es magnífica porque es la maldita vida.

Desierto sonoro, de Valeria Luiselli (Sexto Piso). Es una novela que habla de apaches y niños migrantes. Es la crónica de un viaje familiar por el interior de Estados Unidos hacia la frontera mexicana, pero es sobre todas las cosas el relato de una descomposición familiar. Ese momento en el que silencio se impone entre dos personas que se enamoraron escuchándose. Y lo pudre todo. Hacía mucho tiempo que no descubría una voz con tanta fuerza, un talento tan descomunal para escribir como el de Luiselli.

El cielo según Google, de Marta Carnicero (Acantilado). Una novela corta, a la que no le sobra ni le falta una coma. Una historia sobre cómo las mentiras condicionan vidas, propias y ajenas. Sobre como los hijos repiten los errores de los padres, como si la vida fuera un espejo.

Los sueños de Einstein, de Alan Lightman (Libros del Asteroide). Lightman se mete en la mente de Albert Einstein e imagina los sueños que tuvo el científico antes de parir la Teoría de la Relatividad. Una ensoñación en la que el tiempo se rige de una forma distinta cada noche.  ¿Cómo sería “un mundo en el que los besos besan lo inmediato”? Un libro delicioso.

Lluvia fina, de Luis Landero (Tusquets). Landero es uno de mis escritores favoritos, tiene una escritura bellísima hasta para narrar las escenas más duras. Aquí se desprende de ese humor cervantino que tan bien maneja para sumergirnos en una oscura historia de silencios familiares. Una reunión para celebrar el ochenta cumpleaños de la matriarca servirá para que el frágil equilibro familiar salte por los aires.

Iluminada, de Mary Karr (Periférica & Errata Naturae). Karr escribe como piensa, a bocajarro. Es cínica y descreída. Tiene un humor corrosivo. Aquí narra su descenso a los infiernos, sus problemas con el alcohol, su difícil proceso de desintoxicación y el papel que la fe desempeñó en esa recuperación. Y te ríes con ella. Es cierto que El club de los mentirosos me sigue pareciendo mucho más potente, pero me interesa todo lo que me cuente Karr.

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Este año han publicado novela dos de mis escritores favoritos: Ian McEwan y Julian Barnes. Y aunque siempre recomiendo leer todo lo que escriban ni Máquinas como yo, ni La única historia se han colado entre mis favoritos de los últimos doce meses. Aunque no han sido ellos mi mayor decepción del año.

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Y un poema.

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Y una canción.

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Feliz fin de década. Y felices lecturas en 2020.