Atonement

"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde"

Podrías 1

Cuando a Carlos Fuentes le preguntaban por qué escribía el mexicano replicaba “¿por qué respiro?”.  Umberto Eco lo resumía con un “porque me gusta”. Están los que quisieron ser saxofonistas o astronautas o piratas, pero acabaron inventando las vidas que no pudieron vivir. “Llamadme Ismael”.

 

Me gusta este poema de Anne Carson:

«Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado».

 

 

Escribir para contar, para nombrar, porque si no lo nombras no existe. O como dice Héctor Abad Faciolince “cuando escribes de lo que no te deja vivir empiezas a vivir”. Yo no escribo, pero leo. Y cuando leo sobre lo que no me deja vivir empiezo a vivir. O al menos vuelvo a respirar.

 

El poema de Carson sigue (y termina) así:

«Podrías susurrar de cara a un pozo. Podrías escribir una carta y mantenerla guardada en la gaveta. Podrías escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la lea por mil años. No se trata de encontrar un lector, se trata de contar. Piensa en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía,

 

y todo lo remata con un gesto

tan privado y preciso como su propio nombre».

 

 

El poema se titula Podrías 1. Porque en ese podrías cabe una vida entera.

 

Lo importante

Tengo miedo. Tengo un miedo egoísta e irracional. Tengo miedo de que le pase algo a mis seres queridos y no poder estar cerca.

El coronavirus es un monstruo con muchos tentáculos, que nos zarandea por todas partes. Nos hemos subido a una noria que no deja de girar, no paramos de consumir datos, de pensar en las consecuencias económicas y políticas de la pandemia. Yo también estoy preocupada por la recesión que se avecina, por los amigos a los que ya han incluido en un ERTE y los que están esperando. Yo misma me paso el día leyendo decretos con medidas económicas para tratar de amortiguar la catástrofe, pendiente de reuniones (estériles) por videoconferencia de jefes de Estado y de Gobierno, de lo que dice o deja de decir el BCE. Pero que no se nos escape lo importante.

Mientras escribo esto en España la cifra de contagiados supera la barrera de los diecisiete mil, hay más de novecientas personas en la UCI y 767 muertos. Setecientos sesenta y siete.  La gran mayoría de los fallecidos son mayores de sesenta y cinco años, muchos de los abuelos que rescataron a las familias durante la crisis de 2008. En 2020 son solo ancianos y parece que sus muertes ya no importan. Como si se hubieran convertido en seres invisibles, como si a sus familias no les doliera su ausencia.

Y yo estoy aterrorizada. Mi madre tiene 65 años y mi padre 67, ambos con patologías previas. Ambos viven en un pueblo de quinientos habitantes con el hospital más cercano a treinta kilómetros. La España Vaciada no es un relato mágico, ni el argumento de libros y películas. Es una realidad. La suya. La nuestra. Y yo vivo a trescientos kilómetros de distancia cargada de culpa.

Decía el otro día Carlos Alsina en su monólogo que “en una crisis como esta aflora todo lo que en verdad somos”. Ayer mis amigos S. y R. aseguraban en un grupo de Whatsapp, que es como se filosofa ahora, que si hay una realidad empírica que podemos extraer de estos días es que cuando uno ve cerca el fin del mundo siempre se acuerda de sus ex. Necesita hacer borrón y cuenta nueva. O tal vez sea que necesitamos una pandemia para ser capaces de separar lo importante de lo superfluo. Cuando más necesitamos sentirnos queridos. Cuando más miedo tenemos a la soledad. Cuando somos conscientes de que los trescientos kilómetros de distancia de casa son más que una cifra. Como esa cifra de 767 muertos que diez minutos después ya se ha quedado obsoleta.

 

Lo escribió Joan Didion al inicio de El año del pensamiento mágico:

“La vida cambia deprisa

La vida cambia en un instante.

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”.

 

 

Mis libros de 2019

Escribo este post con El corazón de Inglaterra al lado, hace un rato he subrayado una frase de Jonathan Coe: “cada pocos minutos llegas a un cruce y tienes que hacer una elección. Y cada decisión que tomas tiene el potencial de alterar tu vida. En ocasiones de manera radical”. Coe habla de las decisiones que cada conductor toma al volante, pero yo, que no conduzco, creo que en realidad habla de cada elección y renuncia que hacemos.  Edificamos nuestra vida sobre esas elecciones y renuncias. Me gusta la literatura que me enseña cómo vamos construyendo esa realidad, cómo elegimos el material equivocado, cómo derribamos muros, cómo ponemos otros donde nunca debieron estar, cómo vemos paredes donde sólo están nuestros miedos.

2019 ha sido un año lleno de tropiezos, pero también lleno de libros que me han ayudado a entender y a entenderme.

Todo lo que no te conté, de Celeste Ng (Alba Editorial). En rigor, este fue el último libro que leí el año pasado, lo hice en el tren de vuelta a Madrid después de pasar la Navidad en casa.  Es una novela sobre los silencios en torno a los que se tejen los lazos familiares. Una historia con mil capas que nos demuestra lo poco que sabemos a veces de quienes tenemos al lado. También tiene un fragmento que me persigue: «–No sé –dijo–. La gente decide cómo eres antes incluso de conocerte –miró a Jack con repentina intensidad–. Más o menos como has hecho tú conmigo. Se creen que lo saben todo de ti. Solo que nunca eres quien creen que eres».

El final del affaire, de Graham Greene (Libros del Asteroide). Una novela preciosa sobre el amor con mayúsculas. Ese que obliga a conjugar pasión, responsabilidad y fe. Una historia que crece en complejidad conforme avanzan las páginas. Pocos narradores como Greene para radiografiar la condición humana, para recordarnos que a veces el mayor acto de amor pasa por renunciar a estar con la persona amada. La vida puede ser muy estúpida.

El colgajo, de Philippe Lançon (Anagrama). Lo leí en un par de días, pero me golpeó durante semanas.  Lançon, superviviente del atentado de Charlie Hebdo, relata su durísimo proceso de recuperación, pero lo hace en un libro bellísimo que va mucho más allá. Cualquiera que haya pasado por un duelo (y el duelo puede tener muchas formas) encontrará refugio en este libro como su autor encontró refugio en la música de Bach o en los libros de Kafka. Escribí aquí sobre ‘El colgajo‘.

El arte de llevar gabardina, de Sergi Pàmies (Anagrama). Un libro de relatos delicioso, trece cuentos en los que se respira vida. Hay humor, desengaño, desamor, sueños truncados, hay música, está presente la muerte. Y antes de enfrentarse a ella una pregunta que nos atormenta a todos antes del ocaso: ¿he hecho feliz a alguien?

Gente normal, de Sally Rooney (Literatura Random House). Me gustó el primer libro de Rooney, pero aquí hay un salto importante. La escritora irlandesa parte de la premisa fácil de chico conoce a chica para presentarnos a dos personajes rotos, Marianne y Connell. Una pareja que se conoce en la adolescencia, que no para de cometer estupideces, de ahogarse en silencios. La historia de dos personas traumatizadas que durante años se quieren a pesar de sus propios traumas, que a menudo se quieren mal. No hay redenciones, ni finales felices. La novela es magnífica porque es la maldita vida.

Desierto sonoro, de Valeria Luiselli (Sexto Piso). Es una novela que habla de apaches y niños migrantes. Es la crónica de un viaje familiar por el interior de Estados Unidos hacia la frontera mexicana, pero es sobre todas las cosas el relato de una descomposición familiar. Ese momento en el que silencio se impone entre dos personas que se enamoraron escuchándose. Y lo pudre todo. Hacía mucho tiempo que no descubría una voz con tanta fuerza, un talento tan descomunal para escribir como el de Luiselli.

El cielo según Google, de Marta Carnicero (Acantilado). Una novela corta, a la que no le sobra ni le falta una coma. Una historia sobre cómo las mentiras condicionan vidas, propias y ajenas. Sobre como los hijos repiten los errores de los padres, como si la vida fuera un espejo.

Los sueños de Einstein, de Alan Lightman (Libros del Asteroide). Lightman se mete en la mente de Albert Einstein e imagina los sueños que tuvo el científico antes de parir la Teoría de la Relatividad. Una ensoñación en la que el tiempo se rige de una forma distinta cada noche.  ¿Cómo sería “un mundo en el que los besos besan lo inmediato”? Un libro delicioso.

Lluvia fina, de Luis Landero (Tusquets). Landero es uno de mis escritores favoritos, tiene una escritura bellísima hasta para narrar las escenas más duras. Aquí se desprende de ese humor cervantino que tan bien maneja para sumergirnos en una oscura historia de silencios familiares. Una reunión para celebrar el ochenta cumpleaños de la matriarca servirá para que el frágil equilibro familiar salte por los aires.

Iluminada, de Mary Karr (Periférica & Errata Naturae). Karr escribe como piensa, a bocajarro. Es cínica y descreída. Tiene un humor corrosivo. Aquí narra su descenso a los infiernos, sus problemas con el alcohol, su difícil proceso de desintoxicación y el papel que la fe desempeñó en esa recuperación. Y te ríes con ella. Es cierto que El club de los mentirosos me sigue pareciendo mucho más potente, pero me interesa todo lo que me cuente Karr.

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Este año han publicado novela dos de mis escritores favoritos: Ian McEwan y Julian Barnes. Y aunque siempre recomiendo leer todo lo que escriban ni Máquinas como yo, ni La única historia se han colado entre mis favoritos de los últimos doce meses. Aunque no han sido ellos mi mayor decepción del año.

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Y un poema.

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Y una canción.

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Feliz fin de década. Y felices lecturas en 2020.

Mis libros de 2018

Los últimos doce meses han sido un viaje en una montaña rusa. Un año extraño, de muchos altibajos, un año de decepciones también literarias. Haciendo recuento he leído muchos libros, pero creo que no he elegido demasiado bien. Aún así se salvan un puñado de títulos, lugares a los que querer regresar.

«Toda historia de amor no es otra cosa

que dos modos distintos de hilvanar los olvidos»

 

La primera mano que sostuvo la mía, de Maggie O’Farrell. Creo que mi novela favorita de este año, por la capacidad para describir y para mirar que tiene O’Farrell. Un libro en el que vuelve a ahondar entre lo que soñamos ser y lo que somos, un libro que nada entre las expectativas y la realidad. De cómo las mentiras condicionan vidas y de cómo la maternidad lo cambia absolutamente todo.

 

Una educación, de Tara Westover.  Imagina a una cría que crece en el seno de una familia mormona radical, perdida en las montañas de Idaho. Una cría que pasa su infancia trabajando en el desguace familiar, sin pisar la escuela ni visitar nunca al médico, soportando los malos tratos de un hermano psicópata. A los diecisiete entra en el sistema educativo y termina doctorándose en Cambridge. Tara Westover ganó Una educación y perdió a un padre y a una madre en el camino. Un libro doloroso e hipnótico.

 

Conversaciones entre amigos, de Sally Rooney.  Hay que leerlo como un relato generacional. Una novela fresca, divertida, que habla de hacerse mayor y de las decepciones que uno se lleva por el camino. El libro que regalar a todos los cascarrabias que dicen que los millennials no tienen nada que contar.

 

Mis rincones oscuros, de James Ellroy.  Llego veinte años tarde, pero es uno de esos libros que tardaré otros tantos en olvidar. El perro loco habla de su infancia y su adolescencia, de cómo el asesinato de su madre ha marcado toda su vida, de la obsesión con la que trató de averiguar quién estaba detrás del crimen. Un relato que muestra a un Ellroy mucho más inquietante (y ya es decir) de lo que nunca hubiera imaginado, un libro que explica todo su universo narrativo.

 

La dimensión desconocida, de Nona Fernández. Hice la transición del 2017 al 2018 con este libro extraño, peculiar, que habla de la necesidad de todo un país de hacer memoria. A través de sus propios recuerdos y de la historia real de un miembro del servicio secreto de la Fuerza Aérea Nona Fernández reconstruye los años de la dictadura de Pinochet. Un libro en el que hay secuestros, confesiones, huidas… mientras la vida sigue, instalada en una extraña cotidianidad.

 

La mujer singular y la ciudad, de Vivian Gornick.  Cuando leo a Gornick siempre tengo la sensación de que tiene algo que decirme, leo este libro y a la vez paseo con ella por las calles de Nueva York y la escucho y reflexiono. La autora repite mucho que el amor no es lo más importante en la vida, pero lo cierto es que al final demuestra que casi todo en la vida pivota en torno a esas cuatro letras.

 

Escrito en el cuerpo, de Jeanette Winterson. Es un libro que habla del amor, con mayúsculas, y de cómo vivirlo siendo la otra. Jeanette Winterson vivió una apasionada relación con Pat Kavanagh, pero también vio como ella regresaba a casa con su marido, el escritor Julian Barnes. Y a mí, que siempre me ha fascinado la historia de amor entre Barnes y Kavanagh, me estalló la cabeza al leer esta novela y descubrir el amor y el dolor que, intuyo, alimentan esta ficción. Advierto que tal vez no sea una novela para cualquier lector por el lirismo con el que escribe Winterson, pero es de una belleza desoladora.

 

Hija de revolucionarios, de Laurence Debray. Al llegar a la última página me habría encantado tener el teléfono de Régis Debray, llamarle y preguntarle qué piensa de este libro. Laurence Debray ajusta cuenta con su padre, el autor de Revolución en la revolución,  seguidor de Fidel Castro y el Che Guevara. Debray siempre fue un personaje controvertido, pasó cuatro años preso en Bolivia y después fue virando su comunismo radical hasta convertirse en consejero de Mitterrand.  Su hija enfatiza en que además de un revolucionario siempre fue un francés de familia bien, un burgués, alumno de la Escuela Normal Superior. El libro es una carta a su padre, pero también una enmienda a los intelectuales revolucionarios de café.  La autora abre el libro con una cita de El Misántropo, de Molière, que nunca sonó tan acertada: “Cuanto más se ama a alguien menos debe adulársele; el verdadero amor es el que nada perdona”

 

Corre, rocker, de Sabino Méndez. Pensando en los libros de memorias que he leído este año me quedo con las de Sabino Méndez. El letrista (y guitarrista) de Los Trogloditas repasa una época de la música y de la historia de España en la que las drogas fueron protagonistas. El músico desfiló por la cuerda floja, vio a amigos perderse en el abismo, pero consiguió salvarse. El retrato que hace de Loquillo lo deja a la altura del betún, pero el libro tiene unos cuantos años y la reconciliación con el Loco la selló La nave de los locos.

 

Aprender a hablar con las plantas, de Marta Orriols. Este libro habla del duelo y la traición, de cómo superar la muerte de tu marido apenas un par de horas después de que te dejara por otra. ¿Qué duele más? Una novela que flaquea al final, con un desenlace algo forzado, pero en la que late la vida, dolorosamente normal, en cada página.

 

 

Cierro el año terminando las estupendas memorias de Robert Gottlieb y con Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, esperando en la mesita. Felices lecturas en 2019.

 

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Y una canción.

Mis libros de 2017

He leído de forma enfermiza durante varios meses de este año, como si fuera una droga. Y también tuve incapacidad absoluta para leer una sola página durante varias semanas a comienzos de este verano.  Un reencuentro casual en una librería de viejo con ‘Nubosidad variable’, de Carmen Martín Gaite, me despertó del letargo.

«La sorpresa es una liebre y el que sale de caza nunca la verá dormir en el erial».

– ‘Apegos feroces’, de Vivian Gornick (Sexto Piso).  Una novela autobiográfica o un libro de memorias hecho novela en la que se radiografía la relación de amor-odio entre una madre y una hija.  De cómo crecer en un bloque del Bronx, de cómo ser mujer y buscar la libertad, de cómo la infancia y la adolescencia marcan las relaciones futuras. De esas relaciones que naufragan porque no tienen un territorio propio que cartografiar.

– ‘La noche de la pistola’, de David Carr (Libros del KO). He hablado muchas veces aquí de mi debilidad por los libros de memorias y este es un ejercicio excepcional. Carr, ese periodista del New York Times al que vimos en ‘Page One’, decide investigar su propio pasado. Un pasado en el que se mezclan las drogas, los malos tratos, el alcohol y la reinserción. Un libro escrito con la precisión de un cirujano.

– ‘El anzuelo del diablo. Sobre la empatía y el dolor de los otros’, de Leslie Jamison (Anagrama). Todos nos llenamos siempre la boca con lo empáticos que somos. Después de leer este libro no solo reconocí la multitud de veces que no he sido empática con gente que quiero,  también me di cuenta de cómo esperamos la atención del otro, la empatía, sin ser capaz de pedir ayuda en voz alta. El primer y el último ensayo de este libro son excepcionales.

– ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’, de Laura Ferrero (Alfaguara). He leído dos veces este libro maravilloso que habla de islas y de faros. De cómo todos nos comportamos como islas y de cómo hay gente que actúa como faro regalando luz a costa de la propia. Un libro sobre el dolor y sobre la incapacidad de quererse bien.

-‘Con rabia’, de Lorenza Mazzetti (Periférica). Sorpresa de final de año, no había leído nada de Mazzetti, ni conocía su historia personal. Aquí se mezclan vida y literatura porque Lorenza, que tiene una hermana gemela y fue sietemesina, vivió con sus tíos tras la muerte prematura de su madre. Unos tíos y unos primos, de apellido Einstein, a los que asesinaron las SS. Esa historia la convirtió en una novela en la que una adolescente abre los ojos a la vida y comprueba lo difícil que es todo por el mero hecho de ser mujer. Mazzetti está ya en mi altar personal junto a Natalia Ginzburg.

-‘El club de los mentirosos’, de Mary Karr (Periférica & Errata Naturae). Aquí también se mezclan vida y literatura. Es un libro de memorias en el que Karr mira su dramático pasado sin pizca de dramatismo. Un ejercicio de abrumadora sinceridad.

– ‘Mejor la ausencia’, de Edurne Portela (Galaxia Gutenberg). De cómo la violencia genera violencia hasta convertirse en algo estructural. Cuenta la historia de una familia de la margen izquierda del Nervión en la época de violencia brutal de ETA, de los GAL,  el paro y la desindustrialización. Portela juega con dos voces, la de una niña y la de esa niña convertida en adulta. Esa primera parte, con esa voz infantil, es buenísima. En este momento de fenómeno ‘Patria’ merece mucho la pena acercarse al trabajo de Portela, también a su primer ensayo: ‘El eco de los disparos’.

– ‘El domingo de las madres’, de Graham Swift (Anagrama). Una novela bellísima de la que casi no se puede decir nada para no romper la magia. Es cortísima, pero esa larga primera escena es de lo mejor que he leído este año.

-‘La vida negociable’, de Luis Landero (Tusquets). Landero es uno de mis escritores españoles favoritos y en esta novela reúne todo su universo. Un pícaro que se inventa mil vidas y ve mil veces cómo se derrumba. Un libro que ha dado para muchas tertulias con amigos en las que nos planteábamos cómo vamos negociando con la vida y traspasando líneas rojas que nunca imaginamos.

-‘Cáscara de nuez’, de Ian McEwan (Anagrama). El Nobel se lo ha llevado Ishiguro pero, para mí, McEwan es junto a Julian Barnes el mejor escritor inglés vivo. Sí, ya sé que eso es mucho decir de la Generación Granta. Esta novela es puro McEwan, dilema moral mediante. El narrador es un feto  y la cáscara de nuez que mencionó Shakespeare en ‘Hamlet’ es el útero materno desde el que ese feto se siente rey del espacio infinito.

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Y una canción. 

Mis libros de 2016

El otro día leí una columna de Javier Rodríguez Marcos en la que decía: “Todo resumen de fin de año es, además de un autorretrato, un discutible ejercicio de optimismo”. Creo que los libros que han marcado mi año van más en sintonía con lo primero que con lo segundo.

– ‘Preparación para la próxima vida’, de Atticus Lish (Sexto Piso). Una historia de amor sin esperanza ni atisbo de felicidad. La manera en que Lish narra los demonios interiores del protagonista masculino llegó a obsesionarme.

– ‘Tú no eres como otras madres’, de Angelika Schrobsdorff (Errata Naturae). La historia de Else -y de sus hijas y sus maridos y sus amantes- en el Berlín de entreguerras. Una mujer que vivió como le dio la gana pero a la que la realidad terminó atrapando.

– ‘Memoria de chica’, de Annie Ernaux (Cabaret Voltaire). Es una de esas novelas cortas que esconden una bofetada en cada página. Sobre lo difícil que puede ser para una chica ser aceptada.

– ‘Y eso fue lo que pasó’, de Natalia Ginzburg (Lumen). Una de las mejores cosas de 2016 ha sido descubrir a Ginzburg. Éste, ‘Querido Miguel’ o ‘Léxico familiar’ son maravillosos.

– ‘Apropiación indebida. Una novela sobre el amor’, de Lena Andersson (Alfaguara). Con ese nombre uno espera una historia ñoña, pero nada de eso. Con la precisión de un cirujano Andersson disecciona lo ridículos que podemos llegar a ser ante un amor que se acabó o no correspondido. La leí después de ‘Oscuridad Total’, de Renata Adler (Sexto Piso), y creo que son una buena pareja de baile.

– ‘Una historia personal’, de Katharine Graham (Libros del KO). Me encantan los libros de memorias y si tengo que elegir uno de los que he leído este año (de personajes tan variopintos como Cebrián, Tracey Emin o Grande Marlaska) me quedo con este. Es la historia de la mujer que presidió el Washington Post en momentos como el Watergate, pero sobre todo es el relato de cómo una mujer se da cuenta de que no tiene que estar sometida a ningún hombre.

– ‘Piscinas Vacías’, de Laura Ferrero (Alfaguara). En la mayoría de listas del año se colarán con toda justicia el ‘Manual para mujeres de la limpieza’ (Alfaguara)’, de Lucia Berlin, o ‘Qué vergüenza’ (Seix Barral), de Paulina Flores. Pero si me tengo que quedar con un libro de relatos de 2016 es éste, porque la Ferrero (me) ha escrito todos los cuentos que quería escribir yo. Gracias.

– ‘Rayos’, de Miqui Otero (Blackie Books). Es uno de esos libros generacionales, la historia de una pandilla de amigos con Barcelona como trasfondo. A ratos pensé si Otero tiene algún parentesco secreto con Kiko Amat.

– ‘El ruido del tiempo’, de Julian Barnes (Anagrama). No pienso decir nada para convenceros, a Barnes hay que leerlo siempre. Siempre.

 

*** Este 2016 también tengo que hablar de tres chascos muy grandes:

1. ‘Tan poca vida’, de Hanya Yanagihara (Lumen). Mil páginas INFAMES. Ese momento en el que en lugar de empatizar con el dramón de uno de los protagonistas -el pobre Jude- solo quieres llamarlo tonto y desearle lo peor. Y la traducción también es pésima.

2. ‘Las chicas’, de Emma Cline (Anagrama). Un hype, sin más. Los personajes tienen menos profundidad que un chupito de agua, especialmente la Evie adulta.

3. ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’, de Elvira Navarro (Random House). Más allá de la polémica levantada por Víctor Erice mi problema es que no entendí qué quería contar Navarro. Una sucesión de escenas a las que no le vi sentido alguno y con un epílogo inenarrable. Me gustó mucho ‘La trabajadora’, supongo que de ahí el chasco.

 

 

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Y mi canción de 2016.

Preparación para la próxima vida

«Ella era lo que él había deseado cuando estaba allí. Cuando había creído que iba a morir, la idea de que ninguna mujer lo hubiese amado era la culminación de todo su dolor. Ahora, sentado con la botella vacía en el suelo, a sus pies, se examinó y descubrió que ya no deseaba nada. El mundo solo le resultaba aburrido o molesto, y Zou Lei era como cualquier otras mujer: cumplía ciertas funciones. Él había visto esas funciones vueltas del revés por los explosivos, sabía lo que había dentro de las personas, sabía que no había nada. Era asqueroso. Era aburrido. Era repugnante, nada más.

La pérdida de ese sentimiento lo horrorizaba. Otra cosa más que tampoco funcionaba en él.

Cuando era más joven siempre había querido enamorarse de alguien. La idea de que eso había acabado, de que ya no podía sentirlo, fue un duro golpe. Le arrebató la esperanza».

 

Preparación para la próxima vida’ – Atticus Lish

Libros para sobrevivir al verano

[Este 2016 estoy tratando de saldar cuentas pendientes, por eso en la lista de libros recomendados a esta altura del año se cuelan algunos que no son novedades]

– ‘Léxico familiar’ (Lumen) y ‘Eso fue lo que pasó’ (Acantilado), de Natalia Ginzburg. No había leído nada de esta mujer hasta este año y es algo imperdonable. Escribe con una facilidad que desarma y a ratos duele. Además, me arrastró a otras lecturas como las memorias de Giulio Einaudi.

– ‘Tú no eres como otras madres’, de Angelika Schrobsdorff (Errata Naturae). Adictivo del principio al final. Del Berlín de los años veinte al exilio tras el ascenso de Hitler. Con unas protagonistas caprichosas e inconscientes a las que terminé odiando.

– ‘Una historia personal. Sobre cómo alcancé la cima del periodismo en un mundo de hombres’, de Katharine Graham (Libros del KO). Sobre cómo era presidir el Washington Post durante el Watergate. Por sus páginas desfilan Kissinger o Capote, pero lo verdaderamente increíble es ver cómo Graham se da cuenta de que una mujer puede controlar un periódico. Del despertar de una mujer y la dignidad tras las humillaciones a las que la sometió su marido.

– ‘Rayos’, de Miqui Otero (Blackie Books). Es uno de esos libros generacionales en los que es fácil verse reflejado en los tics de los  protagonistas. A ratos me hizo pensar en Kiko Amat.

– ‘El ruido del tiempo, de Julian Barnes (Anagrama). No es ningún secreto que Barnes es uno de mis escritores favoritos, tal vez aquí no está a la altura del increíble ‘El sentido de un final’ o el conmovedor ‘Niveles de vida’, pero sigue siendo un novelón. El protagonista es Shostakóvich. Y qué carajo: el Leicester ha ganado la Premier, bien merece Barnes una oportunidad.

– ‘Farándula’, de Marta Sanz (Anagrama). Para mí la mejor escritora española actual y una de sus mentes más lúcidas. Aquí te obliga a usar el diccionario.

– ‘En el instante preciso’, de Lynsey Addario (Roca Editorial). Addario es una de las fotoperiodistas más prestigiosas del mundo. Ha recorrido Latinoamérica, ha cubierto las guerras de Irak y Afganistán, la han secuestrado dos veces, ha hecho fotos en Darfur o en Somalia, ha ganado un Pulitzer… Y es una mujer que habla sin tapujos del miedo. El miedo a morir en Faluya o el miedo a no poder tener una vida ‘normal’, a no poder enamorarse o ser madre.

– ‘Funny girl’, de Nick Hornby (Anagrama). Nadie escribe diálogos tan ágiles como Hornby. Es casi imposible no disfrutar de sus novelas.

– ‘Departamento de especulaciones, de Jenny Ofill (Libros del Asteroide). Lo rescato aquí, pero con una advertencia: no lo leas como una novela. Es un artefacto curioso, a ratos hermoso y a ratos doloroso. Va de amor, claro.

– ‘La larga marcha’, de Rafael Chirbes (Anagrama). Es anterior al Chirbes premiado, dicen que es una novela de formación. A mí me pareció una historia sobre las víctimas de la Guerra Civil española, que fueron todos. Vencedores  y vencidos, pero también los hijos de aquellos.

 

 

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Y una canción.

Dura más de tres años

«El amor es tener y no tener. Cuando Werther toca por azar el pie de Charlotte, no lo hace adrede; es algo que cuenta y al mismo tiempo no cuenta. El amor nace de una caricia involuntaria, de un derrape no controlado. Es como cuando hablas con alguien por teléfono: la persona está ahí sin estar ahí.

El amor es fingir que te da igual, cuando no te da igual. Es buscarse sin encontrarse. El jueguecito, si se practica bien, puede ocupar toda una vida».

‘Oona y Salinger’ – Frédéric Beigbeder

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Y una canción.

Un año de lecturas

‘Instrumental’, de James Rhodes (Blackie Books). Es durísimo y directo. Lo leí en un estado casi febril, del tirón. De cómo la música puede salvar la vida de alguien.

‘La ley del menor’, de Ian McEwan (Anagrama). No es su mejor novela, no, pero es obligado leer cualquier cosa que escriba. Y Fiona Maye es un personaje tan reconocible para cualquiera que haya leído a McEwan…

‘Pequeño fracaso’, de Gary Shteyngart (Libros del Asteroide). Otra autobiografía, pero esta no es tan dura como la de Rhodes. Es la historia de un niño asmático en la URSS, de un adulto cabronazo en Estados Unidos. Yo me reí con la ironía de Shtyngart.

‘La zona de interés’, de Martin Amis (Anagrama). Para mí es ya una de las mejores novelas de Amis. Dejad a un margen la polémica por su no publicación en Alemania y Francia. Es un libro tan cruel como imprescindible.

‘Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York’, de Gail Parent (Libros del Asteroide). No es un libro que vaya a marcar tu vida, pero me reí tanto que solo por eso merece la pena leerlo.

‘El comensal’, de Gabriela Ybarra (Caballo de Troya). Habla sin cortapisas de cómo hacer frente a la muerte. Habla sin miedo de ETA. A ratos, pensé en si Ybarra habría leído ‘Noches azules’, de Joan Didion, antes de escribirla.

‘Después del invierno’, de Guadalupe Nettel (Anagrama). No sabría explicarlo, pero es una de las novelas que más me ha removido este año. “Obsesionarse con alguien que ha decidido no estar es regalar minutos, horas y días enteros de nuestra vida a quien ni los ha pedido ni quiere tenerlos; es condenar esos mismos minutos, horas y días a la dimensión del tiempo perdido, de lo inservible”.

‘Siete casas vacías’, de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma). Me gusta mucho el relato corto y durante mucho tiempo me hablaron de esta escritora de nombre impronunciable que nunca recordaba y nunca podía comprar. Al final el libro me encontró a mí y puedo prometer que ya escribo el apellido sin mirar. Maravilloso.

‘Nuevo destino’, de Phil Klay (Random House). Es lo último que me he llevado a la boca, otra vez relato. Me ha impresionado mucho ‘Diez kilómetros al sur’, la obsesión de un soldado que dispara por primera vez por saber cuántos enemigos ha abatido.

‘Senior Service’, de Carlo Feltrinelli (Tusquets). Me la recomendaron en Twitter y aunque conocía la historia de Giangiacomo Feltrinelli, la devoré. Es la biografía de uno de los grandes reyes de la edición europea de los 60 y los 70, el primero que publicó ‘Doctor Zhivago’. Fue militante del Partido Comunista italiano y terminó como terrorista antisistema. El libro lo firma su hijo Carlo Feltrinelli, heredero del imperio, el hombre que a partir de abril de 2016 controlará Anagrama.

‘Seguro que esta historia te suena’, de Karmelo C. Iribarren. No soy una gran lectora de poesía, me cuesta mucho, pero este libro lo compré al inicio del otoño y ha sido una tabla a la que agarrarse.

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Y mi canción de 2015