Atonement

"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde"

Preparación para la próxima vida

«Ella era lo que él había deseado cuando estaba allí. Cuando había creído que iba a morir, la idea de que ninguna mujer lo hubiese amado era la culminación de todo su dolor. Ahora, sentado con la botella vacía en el suelo, a sus pies, se examinó y descubrió que ya no deseaba nada. El mundo solo le resultaba aburrido o molesto, y Zou Lei era como cualquier otras mujer: cumplía ciertas funciones. Él había visto esas funciones vueltas del revés por los explosivos, sabía lo que había dentro de las personas, sabía que no había nada. Era asqueroso. Era aburrido. Era repugnante, nada más.

La pérdida de ese sentimiento lo horrorizaba. Otra cosa más que tampoco funcionaba en él.

Cuando era más joven siempre había querido enamorarse de alguien. La idea de que eso había acabado, de que ya no podía sentirlo, fue un duro golpe. Le arrebató la esperanza».

 

Preparación para la próxima vida’ – Atticus Lish

Libros para sobrevivir al verano

[Este 2016 estoy tratando de saldar cuentas pendientes, por eso en la lista de libros recomendados a esta altura del año se cuelan algunos que no son novedades]

– ‘Léxico familiar’ (Lumen) y ‘Eso fue lo que pasó’ (Acantilado), de Natalia Ginzburg. No había leído nada de esta mujer hasta este año y es algo imperdonable. Escribe con una facilidad que desarma y a ratos duele. Además, me arrastró a otras lecturas como las memorias de Giulio Einaudi.

– ‘Tú no eres como otras madres’, de Angelika Schrobsdorff (Errata Naturae). Adictivo del principio al final. Del Berlín de los años veinte al exilio tras el ascenso de Hitler. Con unas protagonistas caprichosas e inconscientes a las que terminé odiando.

– ‘Una historia personal. Sobre cómo alcancé la cima del periodismo en un mundo de hombres’, de Katharine Graham (Libros del KO). Sobre cómo era presidir el Washington Post durante el Watergate. Por sus páginas desfilan Kissinger o Capote, pero lo verdaderamente increíble es ver cómo Graham se da cuenta de que una mujer puede controlar un periódico. Del despertar de una mujer y la dignidad tras las humillaciones a las que la sometió su marido.

– ‘Rayos’, de Miqui Otero (Blackie Books). Es uno de esos libros generacionales en los que es fácil verse reflejado en los tics de los  protagonistas. A ratos me hizo pensar en Kiko Amat.

– ‘El ruido del tiempo, de Julian Barnes (Anagrama). No es ningún secreto que Barnes es uno de mis escritores favoritos, tal vez aquí no está a la altura del increíble ‘El sentido de un final’ o el conmovedor ‘Niveles de vida’, pero sigue siendo un novelón. El protagonista es Shostakóvich. Y qué carajo: el Leicester ha ganado la Premier, bien merece Barnes una oportunidad.

– ‘Farándula’, de Marta Sanz (Anagrama). Para mí la mejor escritora española actual y una de sus mentes más lúcidas. Aquí te obliga a usar el diccionario.

– ‘En el instante preciso’, de Lynsey Addario (Roca Editorial). Addario es una de las fotoperiodistas más prestigiosas del mundo. Ha recorrido Latinoamérica, ha cubierto las guerras de Irak y Afganistán, la han secuestrado dos veces, ha hecho fotos en Darfur o en Somalia, ha ganado un Pulitzer… Y es una mujer que habla sin tapujos del miedo. El miedo a morir en Faluya o el miedo a no poder tener una vida ‘normal’, a no poder enamorarse o ser madre.

– ‘Funny girl’, de Nick Hornby (Anagrama). Nadie escribe diálogos tan ágiles como Hornby. Es casi imposible no disfrutar de sus novelas.

– ‘Departamento de especulaciones, de Jenny Ofill (Libros del Asteroide). Lo rescato aquí, pero con una advertencia: no lo leas como una novela. Es un artefacto curioso, a ratos hermoso y a ratos doloroso. Va de amor, claro.

– ‘La larga marcha’, de Rafael Chirbes (Anagrama). Es anterior al Chirbes premiado, dicen que es una novela de formación. A mí me pareció una historia sobre las víctimas de la Guerra Civil española, que fueron todos. Vencedores  y vencidos, pero también los hijos de aquellos.

 

 

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Y una canción.

Dura más de tres años

«El amor es tener y no tener. Cuando Werther toca por azar el pie de Charlotte, no lo hace adrede; es algo que cuenta y al mismo tiempo no cuenta. El amor nace de una caricia involuntaria, de un derrape no controlado. Es como cuando hablas con alguien por teléfono: la persona está ahí sin estar ahí.

El amor es fingir que te da igual, cuando no te da igual. Es buscarse sin encontrarse. El jueguecito, si se practica bien, puede ocupar toda una vida».

‘Oona y Salinger’ – Frédéric Beigbeder

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Y una canción.

Un año de lecturas

‘Instrumental’, de James Rhodes (Blackie Books). Es durísimo y directo. Lo leí en un estado casi febril, del tirón. De cómo la música puede salvar la vida de alguien.

‘La ley del menor’, de Ian McEwan (Anagrama). No es su mejor novela, no, pero es obligado leer cualquier cosa que escriba. Y Fiona Maye es un personaje tan reconocible para cualquiera que haya leído a McEwan…

‘Pequeño fracaso’, de Gary Shteyngart (Libros del Asteroide). Otra autobiografía, pero esta no es tan dura como la de Rhodes. Es la historia de un niño asmático en la URSS, de un adulto cabronazo en Estados Unidos. Yo me reí con la ironía de Shtyngart.

‘La zona de interés’, de Martin Amis (Anagrama). Para mí es ya una de las mejores novelas de Amis. Dejad a un margen la polémica por su no publicación en Alemania y Francia. Es un libro tan cruel como imprescindible.

‘Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York’, de Gail Parent (Libros del Asteroide). No es un libro que vaya a marcar tu vida, pero me reí tanto que solo por eso merece la pena leerlo.

‘El comensal’, de Gabriela Ybarra (Caballo de Troya). Habla sin cortapisas de cómo hacer frente a la muerte. Habla sin miedo de ETA. A ratos, pensé en si Ybarra habría leído ‘Noches azules’, de Joan Didion, antes de escribirla.

‘Después del invierno’, de Guadalupe Nettel (Anagrama). No sabría explicarlo, pero es una de las novelas que más me ha removido este año. “Obsesionarse con alguien que ha decidido no estar es regalar minutos, horas y días enteros de nuestra vida a quien ni los ha pedido ni quiere tenerlos; es condenar esos mismos minutos, horas y días a la dimensión del tiempo perdido, de lo inservible”.

‘Siete casas vacías’, de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma). Me gusta mucho el relato corto y durante mucho tiempo me hablaron de esta escritora de nombre impronunciable que nunca recordaba y nunca podía comprar. Al final el libro me encontró a mí y puedo prometer que ya escribo el apellido sin mirar. Maravilloso.

‘Nuevo destino’, de Phil Klay (Random House). Es lo último que me he llevado a la boca, otra vez relato. Me ha impresionado mucho ‘Diez kilómetros al sur’, la obsesión de un soldado que dispara por primera vez por saber cuántos enemigos ha abatido.

‘Senior Service’, de Carlo Feltrinelli (Tusquets). Me la recomendaron en Twitter y aunque conocía la historia de Giangiacomo Feltrinelli, la devoré. Es la biografía de uno de los grandes reyes de la edición europea de los 60 y los 70, el primero que publicó ‘Doctor Zhivago’. Fue militante del Partido Comunista italiano y terminó como terrorista antisistema. El libro lo firma su hijo Carlo Feltrinelli, heredero del imperio, el hombre que a partir de abril de 2016 controlará Anagrama.

‘Seguro que esta historia te suena’, de Karmelo C. Iribarren. No soy una gran lectora de poesía, me cuesta mucho, pero este libro lo compré al inicio del otoño y ha sido una tabla a la que agarrarse.

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Y mi canción de 2015

Amores de verano

Unas cuantas sugerencias de amores literarios de verano, una selección rápida de lo que más he disfrutado en lo que llevamos de 2015:

‘Otra vida’, de Per Olov Enquist. Lo mejor que he leído este año, llegué a él después de leer esta maravilla de entrevista que le hizo Javier Rodríguez Marcos en El País.

– ‘Cicatriz’, de Sara Mesa. Es española, es joven, el libro se lee en dos ratos y merece mucho la pena.

‘Para que no te pierdas en el barrio’, de Patrick Modiano. Yo ya era muy fan antes de que le dieran el Nobel, ahora no tenéis excusa para no leerlo. En esta novela está todo su universo, su nostalgia y su París. Libro redondo.

– ‘Alguien’, de Alice McDermott. Una de esas joyas de Libros del Asteroide, que además celebra su décimo aniversario estos días.

– ‘Después del invierno’, de Guadalupe Nettel. Tal vez la novela que más me ha removido este año, no me canso de recomendarla.

‘La mujer de un solo hombre’, de A.S.A Harrison. Es una novela negra. O no. Pero a mí me dejó tres días revuelta, volviendo a ella una y otra vez. Un sí rotundo al final.

‘Cómo se hace una chica’, de Caitlin Moran. Odié mucho y muy fuerte su ‘Cómo ser mujer’, pero me ha conquistado para todas las causas con esta novela. ¿Quién no ha sido un/a adolescente incomprendido/a?

‘Tantos días felices’, de Laurie Colwin. Si estáis en ese punto de querer volver a creer en el amor, leedlo.

‘Piscinas vacías‘, de Laura Ferrero. Tengo debilidad por el relato corto y estos no me defraudaron. Comprad el libro y corred a leer ‘Sofía’.

– ‘Los libros repentinos’, de Pablo Gutiérrez. Igual es la voz joven más interesante del panorama actual.

– ‘Reparar a los vivos’, de Maylis de Kerangal. Una novela muy dura y muy buena. Otra francesa que se incorpora a mi lista de favoritos.

‘Cosas que los nietos deberían saber’, de Mr. E. No sé el motivo, pero aún no había leido este libro del cantante de Eels y me parece absolutamente fundamental. Tristeza, ternura y humor.

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Y una canción.

Cómo se hace una chica

«Porque el mayor de mis secretos, el secreto que jamás revelaría, aunque eso significara mi muerte, el que ni siquiera escribiría en mi diario, es que en realidad, en el fondo, lo que quiero es ser guapa. Lo deseo muchísimo, porque eso me protegerá, y me dará suerte, y porque no serlo resulta agotador. Y aquí plantada, mirándome, horrorizada, en el monitor, veo lo que inmediatamente verán un millón de personas: que no lo soy. Que no soy nada guapa».

‘Cómo se hace una chica’, de Caitlin Moran

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Y una canción.

No es solo un libro

Hasta que cumplí los diez años la gente solía confundirse y, en lugar de Lara, me llamaban Sara, Laura o Clara. Yo me enfadaba, pataleaba, me indignaba, gritaba y hasta alguna lágrima dejé escapar. Pero cuando cumplí los seis decidí que no podía seguir así y tomé la primera gran decisión de mi vida, me convertí en una especie de Escarlata O’Hara: “Aunque tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo que todos os aprenderéis mi nombre”. Dicen que tengo buena dicción, creo que todo es fruto de aquel largo tiempo que pasé deletreando las cuatro letras de mi nombre como si fuera la partitura de la novena sinfonía: ele, a, erre, a; ele, a, erre, a… La cosa es que en medio de mi cruzada contra las Sara(s), Laura(s) y Clara(s) se cruzó Mi Hermana Clara. Una Clara que no tenía ningún parentesco conmigo, pero que me abrió las puertas de otro mundo, que me enseñó que era posible volar sin moverme del sofá, que me abrió los ojos. La maldita Clara me conquistó para su causa, olvidé mi cruzada personal, claudiqué. Y acabé leyendo todos los libros de aquella colección de literatura infantil.

Después de aquello vino El Barco de Vapor. Y Astérix y Obélix. Y Mortadelo y Filemón. A los once gané un concurso en el colegio y recogí, delante de alumnos, profesores y padres, un diploma hecho en Word, con dibujitos, en el que se me acreditaba como buena estudiante o algo parecido. Eso da igual. Lo importante es que el premio fue un ejemplar de Matilda, una edición amarilla y azul de Alfaguara que leí la tarde siguiente, sin pestañear. Y me enamoré de aquella pequeña rata de biblioteca que leía para sobrevivir (* Nota: cuando tiempo después vi la película tuve la certeza de que jamás me gustaría una adaptación cinematográfica de ninguno de ‘mis’ libros).

Y como si fuera Dorothy recorriendo un camino de baldosas amarillas pasé de Clara y Matilda a Drácula y a lecturas algo más densas. A los dieciséis me encantaba leer cosas que en realidad no entendía. Saltaba de Sartre  a Camus y a Milan Kundera.  Soy, siempre lo fui, una lectora indisciplinada, leo sin orden ni concierto. Soy una abandona libros porque una vez escuché a Jorge Herralde decir que “la vida es demasiado corta para leer libros malos”.  Soy ese tipo de persona que cree que un libro no se le puede regalar a cualquiera.

Y todo este rollo viene porque el otro día un amigo criticó mucho mi libro favorito. Y me enfadé. Y me dolió. Y ahora tengo ganas de gritar que un libro no es un puñado de hojas grapadas y encuadernadas, que cada una de las novelas que tengo en la estantería son un trozo de mí.  Son mis cicatrices y mis lunares.  Molly Lane, Cecilia, Emma Bovary, Nathan Zuckerman, Madeleine Hanna y Clara y Matilda, y un largo etcétera, son personajes con los que he llorado, reído, con los que me he enfadado. Y sigo conservando un ejemplar de  Mi hermana Clara y el ángel de la guarda y aquella vieja edición de Matilda, porque espero que si algún día tengo un hijo sepa aprender a volar a través de sus páginas.

Me gusta pensar que todos los libros que guardo en la mochila son los lugares donde he sido más feliz, a los que siempre quiero volver. A ‘Amsterdam’ y a Ian McEwan.

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Y una canción.

Música para feos

Yo ya le había perdido, porque había jugado mal mi partida, y él la suya conmigo. Como dijo durante una de nuestras peleas, con la lucidez de la desesperanza: ni él había sabido merecerme, ni yo había sabido ganar mi lugar. Volví a escuchar un par de veces aquella noche la canción de mis pecados. La última vez a oscuras, tumbada en el sillón, sin dejar de sonreír. No podía saber si él pensaba en mí, a menudo o raramente. Por no saber, no sabía si yo no era una de varias, ni siquiera la más memorable. Pero supe que aquello que yo estaba haciendo, pensar en él y hacerlo con amor, sin resentimiento y sin ansiedad, aceptando haberle perdido y no poder recuperarle, me hacía mejor y más feliz de lo que había podido ser mientras estaba empeñada en extenderle la factura de nuestro descalabro. Mi corazón sabía desde siempre, aunque a mí me hubiera costado tanto admitirlo, que tenía que limpiarse de aquella inmundicia para poder seguir prestándome el servicio que le era propio. Para volver a exponerse, con alguien que lo haría mejor que él, alguien que sería quien yo necesitaba como Ernesto no había acertado a serlo. Alguien a quien volvería siempre, en todas las horas oscuras, en todas las orillas tristes, en todas las noches solitarias.

Música para feos’, de Lorenzo Silva.

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{Y que cada uno ponga la canción que quiera}

Sabina

En el radiocasette del coche sonaba ‘Princesa’, mi hermano, que acababa de sacarse el carnet de conducir, ejercía de pinchadiscos y jugaba a ser cantante entonando aquello de «¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte todos de tus andanzas?». Yo, que por aquella época no llegaba al metro y medio y todavía soñaba con ser princesa, pregunté desde el asiento trasero quién era el señor que hablaba de tener la boca de fresa. A mí siempre me había gustado la menta. Hasta aquel día. Era la primera vez que escuchaba a Joaquín Sabina.

Un tipo de Úbeda, hijo de comisario, que mi madre había descubierto varios años antes. Al que mis hermanos veneraban. Un canalla que se convirtió en la banda sonora de mi vida sin pedir permiso y sin avisar. Sabina no es el que mejor canta, ni el más guapo, pero es el único que se pone el bombín por amor a Chaplin y a Buster Keaton. Es un trovador, un académico de la lengua larga.

Sabina es muchos personajes en uno. Es un joven andaluz, “un paleto” -en sus propias palabras- que soñó con cambiar el mundo recitando a Vallejo. Es la oveja negra de una familia que sufrió viendo como dejaba colgados sus estudios de Filología Románica en la Universidad de Granada, para perseguir a una rubia de falda escocesa y exiliarse en el Londres de los setenta. Un emigrante de aquella España gris y franquista que jugó a ser Manuel en ‘La Busca’, de Baroja. Que fregó platos y aporreó la guitarra emulando a Paco Ibáñez y a Atahualpa Yupanqui antes de convertirse en Sabina.

Un caradura que a principios de los ochenta aterrizó en Madrid explotando su faceta de cantautor comprometido. Era el de La Mandrágora. El que escuchaba con devoción a Brassens y a Bob Dylan. El mismo que compuso ese himno para su ciudad de adopción llamado ‘Pongamos que hablo de Madrid’, y el mismo que me regaló a mí, madrileña también de adopción, el hilo musical de todos mis viajes de vuelta: «yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid».

En la década de los noventa Sabina se disfrazó con otra careta, la del juerguista y ligón, la del encargado de cerrar todos los bares, de apurar todas las copas. Pero siempre rodeado de los mismos músicos, esa guardia pretoriana que componen Pancho Varona y Antonio García de Diego. El éxito comercial nació de las noches de excesos. Y yo pensé que jamás podría escribir una canción más hermosa que ‘Y sin embargo’. Me equivoqué.

Sabina desnudó su voz de arreglos en ’19 días y 500 noches’ para regalarnos el mejor disco de su carrera, para enseñarnos cómo sonaba el último verano de su juventud. Quinientos días y diecinueve noches después un ictus estuvo a punto de costarle el pellejo. Dos discos muy flojos, un periodo de oscuridad, un alivio de luto que, pese a anunciarlo, no llegaba. Sabina dejó de pasar los días en las calles y las noches en los bares. Dejó las drogas. Sabina se hizo humano. Empezó a preferir los versos sin acordes, la compañía del círculo de poetas de Rota, las charlas con Caballero Bonald, con Felipe Benítez Reyes, con el añorado Ángel González.

El personaje eclipsó al artista, la leyenda desdibujó al cantante y algunos lo confundieron con un político.

Sabina ha cantado a favor del PSOE. Ha cantado contra la entrada de España en la OTAN. Ha cantado en mítines de Izquierda Unida. Sus hijas son nietas de un ministro de la UCD. Fue uno de ‘los de la ceja’. Ha cenado con los ahora reyes Felipe y Letizia en su casa de la plaza de Tirso de Molina. Ha bailado un pasodoble con Esperanza Aguirre. Le ha dicho sí, no, y todo lo contrario a Podemos. Hizo una gira llamada Carretera y top manta. Es taurino y amigo de José Tomás. Del Atleti. Y es uno de los pocos cantantes españoles capaces de llenar el mítico estadio bonaerense de La Bombonera. El artífice de que decenas de novios abran el baile nupcial deseando «que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel». El cantante que me dio cobijo entre los versos de ‘Peces de ciudad’. El culpable de mi educación sentimental.

El penúltimo de los personajes de Sabina es el de Ave Fénix. Resucitó de la felicidad conyugal para escribir, a cuatro manos con Benjamín Prado, ‘Vinagre y Rosas’, para girar con Joan Manuel Serrat. Solo o en compañía de su primo ‘El Nano’ se reencontró con su público. Y padres e hijos nos reconocimos en su repertorio de siempre. Porque Sabina siempre será aquella vieja cinta de cassette, ‘Juez y Parte’, la de ‘Princesa’ y el ‘Quédate a dormir’.

Quédate, pensé yo aquella noche de diciembre.

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Y una canción.

Después del invierno

«Esperar a alguien, al menos de esa manera, equivale a cancelar la existencia de uno mismo, a hipotecarla por un tiempo condicional, a cambiarla por un absurdo subjuntivo. Obsesionarse con alguien que ha decidido no estar es regalar minutos, horas y días enteros de nuestra vida a quien ni los ha pedido ni quiere tenerlos; es condenar esos mismos minutos, horas y días a la dimensión del tiempo perdido, de lo inservible; es desaprovechar la infinidad de posibilidades que ese tiempo nos ofrece y canjearla por la peor de las opciones: la frustración, el sufrimiento».

‘Después del invierno’, de Guadalupe Nettel.

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Y una canción.