Atonement

"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde"

Música para feos

Yo ya le había perdido, porque había jugado mal mi partida, y él la suya conmigo. Como dijo durante una de nuestras peleas, con la lucidez de la desesperanza: ni él había sabido merecerme, ni yo había sabido ganar mi lugar. Volví a escuchar un par de veces aquella noche la canción de mis pecados. La última vez a oscuras, tumbada en el sillón, sin dejar de sonreír. No podía saber si él pensaba en mí, a menudo o raramente. Por no saber, no sabía si yo no era una de varias, ni siquiera la más memorable. Pero supe que aquello que yo estaba haciendo, pensar en él y hacerlo con amor, sin resentimiento y sin ansiedad, aceptando haberle perdido y no poder recuperarle, me hacía mejor y más feliz de lo que había podido ser mientras estaba empeñada en extenderle la factura de nuestro descalabro. Mi corazón sabía desde siempre, aunque a mí me hubiera costado tanto admitirlo, que tenía que limpiarse de aquella inmundicia para poder seguir prestándome el servicio que le era propio. Para volver a exponerse, con alguien que lo haría mejor que él, alguien que sería quien yo necesitaba como Ernesto no había acertado a serlo. Alguien a quien volvería siempre, en todas las horas oscuras, en todas las orillas tristes, en todas las noches solitarias.

Música para feos’, de Lorenzo Silva.

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{Y que cada uno ponga la canción que quiera}

Sabina

En el radiocasette del coche sonaba ‘Princesa’, mi hermano, que acababa de sacarse el carnet de conducir, ejercía de pinchadiscos y jugaba a ser cantante entonando aquello de «¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte todos de tus andanzas?». Yo, que por aquella época no llegaba al metro y medio y todavía soñaba con ser princesa, pregunté desde el asiento trasero quién era el señor que hablaba de tener la boca de fresa. A mí siempre me había gustado la menta. Hasta aquel día. Era la primera vez que escuchaba a Joaquín Sabina.

Un tipo de Úbeda, hijo de comisario, que mi madre había descubierto varios años antes. Al que mis hermanos veneraban. Un canalla que se convirtió en la banda sonora de mi vida sin pedir permiso y sin avisar. Sabina no es el que mejor canta, ni el más guapo, pero es el único que se pone el bombín por amor a Chaplin y a Buster Keaton. Es un trovador, un académico de la lengua larga.

Sabina es muchos personajes en uno. Es un joven andaluz, “un paleto” -en sus propias palabras- que soñó con cambiar el mundo recitando a Vallejo. Es la oveja negra de una familia que sufrió viendo como dejaba colgados sus estudios de Filología Románica en la Universidad de Granada, para perseguir a una rubia de falda escocesa y exiliarse en el Londres de los setenta. Un emigrante de aquella España gris y franquista que jugó a ser Manuel en ‘La Busca’, de Baroja. Que fregó platos y aporreó la guitarra emulando a Paco Ibáñez y a Atahualpa Yupanqui antes de convertirse en Sabina.

Un caradura que a principios de los ochenta aterrizó en Madrid explotando su faceta de cantautor comprometido. Era el de La Mandrágora. El que escuchaba con devoción a Brassens y a Bob Dylan. El mismo que compuso ese himno para su ciudad de adopción llamado ‘Pongamos que hablo de Madrid’, y el mismo que me regaló a mí, madrileña también de adopción, el hilo musical de todos mis viajes de vuelta: «yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid».

En la década de los noventa Sabina se disfrazó con otra careta, la del juerguista y ligón, la del encargado de cerrar todos los bares, de apurar todas las copas. Pero siempre rodeado de los mismos músicos, esa guardia pretoriana que componen Pancho Varona y Antonio García de Diego. El éxito comercial nació de las noches de excesos. Y yo pensé que jamás podría escribir una canción más hermosa que ‘Y sin embargo’. Me equivoqué.

Sabina desnudó su voz de arreglos en ’19 días y 500 noches’ para regalarnos el mejor disco de su carrera, para enseñarnos cómo sonaba el último verano de su juventud. Quinientos días y diecinueve noches después un ictus estuvo a punto de costarle el pellejo. Dos discos muy flojos, un periodo de oscuridad, un alivio de luto que, pese a anunciarlo, no llegaba. Sabina dejó de pasar los días en las calles y las noches en los bares. Dejó las drogas. Sabina se hizo humano. Empezó a preferir los versos sin acordes, la compañía del círculo de poetas de Rota, las charlas con Caballero Bonald, con Felipe Benítez Reyes, con el añorado Ángel González.

El personaje eclipsó al artista, la leyenda desdibujó al cantante y algunos lo confundieron con un político.

Sabina ha cantado a favor del PSOE. Ha cantado contra la entrada de España en la OTAN. Ha cantado en mítines de Izquierda Unida. Sus hijas son nietas de un ministro de la UCD. Fue uno de ‘los de la ceja’. Ha cenado con los ahora reyes Felipe y Letizia en su casa de la plaza de Tirso de Molina. Ha bailado un pasodoble con Esperanza Aguirre. Le ha dicho sí, no, y todo lo contrario a Podemos. Hizo una gira llamada Carretera y top manta. Es taurino y amigo de José Tomás. Del Atleti. Y es uno de los pocos cantantes españoles capaces de llenar el mítico estadio bonaerense de La Bombonera. El artífice de que decenas de novios abran el baile nupcial deseando «que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel». El cantante que me dio cobijo entre los versos de ‘Peces de ciudad’. El culpable de mi educación sentimental.

El penúltimo de los personajes de Sabina es el de Ave Fénix. Resucitó de la felicidad conyugal para escribir, a cuatro manos con Benjamín Prado, ‘Vinagre y Rosas’, para girar con Joan Manuel Serrat. Solo o en compañía de su primo ‘El Nano’ se reencontró con su público. Y padres e hijos nos reconocimos en su repertorio de siempre. Porque Sabina siempre será aquella vieja cinta de cassette, ‘Juez y Parte’, la de ‘Princesa’ y el ‘Quédate a dormir’.

Quédate, pensé yo aquella noche de diciembre.

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Y una canción.

Después del invierno

«Esperar a alguien, al menos de esa manera, equivale a cancelar la existencia de uno mismo, a hipotecarla por un tiempo condicional, a cambiarla por un absurdo subjuntivo. Obsesionarse con alguien que ha decidido no estar es regalar minutos, horas y días enteros de nuestra vida a quien ni los ha pedido ni quiere tenerlos; es condenar esos mismos minutos, horas y días a la dimensión del tiempo perdido, de lo inservible; es desaprovechar la infinidad de posibilidades que ese tiempo nos ofrece y canjearla por la peor de las opciones: la frustración, el sufrimiento».

‘Después del invierno’, de Guadalupe Nettel.

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Y una canción.

Mis libros favoritos de 2014


‘El balcón en invierno’, de Luis Landero (Tusquets)
. No sé si es una novela, una crónica o un relato autobiográfico, pero es lo mejor que he leído de un escritor español este 2014.

‘La última palabra’, de Hanif Kureishi (Anagrama).

‘Felices los felices’, de Yasmina Reza (Anagrama).

‘La hierba de las noches’, de Patrick Modiano (Anagrama). Modiano, París, la nostalgia. Por libros como este le han dado el Nobel de Literatura.

‘Zona de obras’, de Leila Guerriero (Editorial Círculo de Tiza). Por fin se han dado cuenta en España de que hay que enarbolar la bandera del Guerrierismo. Aquí una selección de algunas de sus mejores crónicas.

‘Canciones de amor a quemarropa’, de Nickolas Butler (Libros del Asteroide).

‘La fiesta de la insignificancia’, de Milan Kundera (Tusquets). Confieso que siento debilidad por el checo desde hace muchos años, y le ha salido un epílogo burlón y descreído para su obra.

‘Nobles y rebeldes’, de Jessica Mitford (Libros del Asteroide).

‘Niveles de vida’, de Julian Barnes (Anagrama). El viudo Barnes rindiéndole homenaje a su mujer, Pat Kavanagh: «the heart of my life; the life of my heart». Vais a llorar.

‘No tan incendiario’, de Marta Sanz (Editorial Periférica). No es un ensayo, ni un manifiesto, ni un panfleto: es un bofetón en la cara a la situación de la cultura en España.

‘Éramos unos niños’, de Patti Smith. No se ha publicado en 2014, pero yo lo he descubierto este año. Y me he enamorado de él, como Patti de Robert Mapplethorpe.

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Y una canción.

España es Galdosiana

«No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás si vives que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis la Santa Madre Iglesia.

‘Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a la que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consución y acabamiento… Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío… Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro… me duermo…’».

‘Cánovas (Episodios Nacionales)’, publicado en 1912 – Benito Pérez Galdós

La música y el periodismo

«-No entiendo -dice.

Porque él es periodista y está allí -dice- para hacer un seminario de escritura creativa y periodismo, y no entiende -dice- qué tiene que ver esto con el periodismo, donde esto quiere decir la música: eso que sucede en la pantalla: una clase magistral del músico argentino Daniel Barenboim. Una clase que el hombre no entiende.

-No entiendo cómo algo de todo esto puede servirme para escribir mejor -dice- y se levanta, dos grados por encima de la indignación; y empieza a irse, enfurecido por la pérdida de tiempo; y se va, iracundo porque a quién se le ocurrió; y desaparece, embravecido porque esto es periodismo: porque esto es periodismo y entonces ritmo y entonces tono y entonces forma no aportan, a lo que se dice, nada. Porque esto es periodismo y no hay diferencia entre romper el silencio de una página con una sustancia gris o con un tajo inolvidable. Porque esto es periodismo y tampoco hay relación entre el coraje necesario para tocar un crescendo y el que hace falta para guiar a un lector hacia el centro donde, como una angustia lejana, como una enfermedad antigua, late la semilla de una historia. Porque esto es periodismo y, entonces, da lo mismo escribir un texto herido -un río de sustancia radiactiva- o unos cuantos párrafos retráctiles: viscosos. Porque esto es periodismo y no hay por qué tomarse todo ese trabajo si se puede -con menos sudor, con menos riesgo- ser un notario.

No un periodista: un funcionario de la prosa».

(Fragmento de ‘Frutos Extraños’, de Leila Guerriero. Publicado inicialmente en Babelia)

Patrick Modiano, Nobel de Literatura

Peter Englund anuncia que Patrick Modiano es el nuevo premio Nobel de Literatura. Y la reacción del escritor francés.

Modiano y nosotros. Por José Carlos Llop.

Antonio Jiménez Barca entrevistó a Patrick Modiano en 2009: “El París de mis novelas nace de las cosas que me impresionaron cuando era un adolescente. Es como un cuadro de Magritte”.

Patrick Modiano: La memoria y la niebla.

Vila-Matas sobre Modiano. Y Vila-Matas sobre Modiano tras saber que es el nuevo Nobel de Literatura.

Françoise, Michel, Patrick.

En 1970, Modiano tenía 24 años y dos novelas.

“Modiano is the poet of the Occupation and a spokesman for the disappeared”.

“Patrick Modiano nació demasiado tarde para sus críticos, porque se dedicó a recrear la neblina y los personajes que la posguerra dejó en su memoria”.

Los cinco libros de Modiano que debes leer.

Modiano en la portada de Libération.

Escribe Patrick Modiano en ‘En el café de la juventud perdida’: «Todo va a volver a empezar, igual que era antes. Los mismos días, las mismas noches, los mismos lugares, los mismos encuentros. El Eterno Retorno».

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Y una canción.

Escribir como un niño

«Escribir es lo más creativo, lo más gozoso, el soplo que da vida a las figuras aún inertes, lo que sería en el cine poner la cámara en acción o tomar sus pinceles el pintor tras algunos bocetos, pero también es lo más delicado y lo más arduo. Yo siempre me acerco al atril con el temblor del enamorado primerizo en los albores de una cita. Y por querer, yo quisiera escribir como un niño a quien el hombre sabio y experimentado con destrezas adquiridas en muchos años de soledad y de estudio, viene a rendirle pleitesía, a ofrecerle presentes, como si el niño fuese un rey caprichoso y tiránico, pero legítimo y único rey al fin. Tantas mañanas de escritura, tantos atardeceres de descansar la mejilla en la mano, los ojos escocidos de tanto leer… Qué sé yo, todo eso cansa, y a veces aburre y desanima… Pero el niño es incansable y juega sin parar, y cuando el sabio duerme con su camisón y su gorro con borla, el niño sigue jugando con botones y cajas de cartón que son ejércitos y reinos y batallas, poniendo en el mundo un orden nuevo, contando para sí las historias secretas que el ciego corazón le dicta. Así es como me gustaría escribir y así es como sueño que escribo en mis buenos momentos de inspiración».

‘El balcón en invierno’, de Luis Landero.

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Y una canción.

¿Qué fue primero?

Javier Cercas sobre Chusé Izuel.

‘Farther away’. Franzen sobre Foster Wallace.

El ‘Aullido’ de Allen Ginsberg.

‘Los malditos’ que reunió Leila Guerriero.

William S. Burroughs, el maldito más maldito. Y Juan Gelman sobre Burroughs.

Rimbaud.

La ‘Última carta’ de Ted Hughes a Sylvia Plath.

“Simplemente no acepto las condiciones de la vida”.

Y esto de Charles Bukowski.

Escribe Nick Hornby en ‘Alta fidelidad’: “¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música? ¿No te convierten todos esos discos en una persona de tendencia melancólica?

(…)

Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son los que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esta infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz”.

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Y una canción.

Qué todo

Escuchad a David Letterman haciendo radio con 21 años.

‘La ratonera’. Por Raúl del Pozo.

Esta entrevista a Roberto Saviano.

Mucho más que comer placenta.

Nórdica ilustrando a Walt Whitman.

Damien Hirst está escribiendo su autobiografía.

Radio hecha en Somalia por periodistas locales a los que han formado previamente.

‘Doctor Zhivago’ es propaganda anticomunista.

Así combate Brian Eno el bloqueo mental.

Villoro, Guerriero y Caparrós para aprender crónica periodística.

Las teorías conspiratorias sobre la muerte de Kurt Cobain.

Escribe Martin Amis en ‘La viuda embarazada’:

– Mmm… Es duro de aceptar, pero recuerda esto: el mundo tiene mal gusto. Se decanta por lo obvio.
– ¿Y qué es lo obvio?
– Vamos, sabes a lo que me refiero. Lo superficial. Su físico puede gustar a los vulgares, Lily. Pero tú eres mucho más inteligente y más interesante.
– Mmm… Gracias. Pero sé lo que va a pasar. Te vas a enamorar de ella. No es que tengas esperanzas, claro. Pero lo harás. Cómo no. Tú. Tú te enamoras de cualquier cosa que se mueva.

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Y una canción.