Mis libros de 2024
by Lara Hermoso
Escribe Manuel Vicent en su último libro que hace mucho tiempo que tuvo conciencia de que “leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir”. Casi sobre la bocina llegan los ingredientes -en forma de libro- que me han ayudado a sobrevivir este año.

‘La llamada’, de Leila Guerriero (Anagrama). El mejor libro del año, el que más he disfrutado. Una historia sobre la dictadura argentina, una epopeya familiar, un relato de víctimas y verdugos. Una sospecha. Un libro sobre la violencia sexual y el consentimiento. Un boceto sobre cómo deconstruir a una persona para tallar a un personaje. Guerriero mantuvo conversaciones durante meses con Silvia Labayru, militante montonera que estuvo detenida en la ESMA, y de ahí sale ‘La llamada’ para recordarnos, parafraseando a Borges, que “Solo una cosa no hay. Es el olvido”.

‘Amor sin fin’, de Scott Spencer (Muñeca Infinita). A esta novela llegué subida al bucle de ‘La llamada’, hipnotizada por todas las entrevistas que daba Leila Guerriero y en las que a menudo repetía que Scott Spencer escribe en ‘Amor sin fin’ las mejores escenas sobre sexo adolescente. Pero resulta que es una novela sobre el amor y la locura que, a veces, son un poco lo mismo. “No es una locura cuando dos lo creen, cuando lo conviertes en verdadero al vivirlo”.

‘El regreso’, de Hisham Matar (Salamandra). No acabo de entender cómo he tardado tantos años en llegar a este libro que no es más que la historia de la vida del propio Matar. Una vida marcada por la desaparición de su padre a manos del régimen de Gadafi en 1990. Es un libro que habla sobre el exilio en el que se ha criado el escritor, sobra la búsqueda del padre, sobre la no aceptación de la muerte. Una historia sobre el pasado de Libia en la que no cabe un final feliz.

‘Perder el juicio’, de Ariana Harwicz (Anagrama). Qué escritora increíble es Harwicz, capaz de convertir una novela en una experiencia física que ahoga e incomoda al lector. Habla de la maternidad, de la violencia que nunca sabes si estuvo antes o después de la locura, de la violencia vicaria, de cómo la identidad nos conforma y nos determina. Y lo hace de una forma tan cruda que hay páginas que te atraviesan como un cuchillo.

‘Ella era yo’, de Lucy Sante (Libros del KO). Qué libro tan tierno, qué valiente es Lucy Sante al contar cómo transicionó de hombre a mujer pasada la barrera de los sesenta. La forma en la que una de esas aplicaciones que permite ver cómo seríamos si cambiáramos de sexo la llevó a enfrentar una realidad que llevaba posponiendo toda su vida, la de que siempre había sido una mujer. Y es hermoso cómo entrelaza esas primeras visitas al salón de estética para ponerse guapa, en femenino, con los recuerdos de su infancia. Con cómo fue emigrar de Bélgica y crecer en Estados Unidos bajo el yugo de una madre beata que estuvo toda la vida llorando a su primera hija, la sombra de una bebé muerta en torno a la que se proyecta Lucy Sante.

‘Nada más ilusorio’, de Marta Pérez-Carbonell (Lumen). Es una novela tan diferente que cuesta creer que la firme una autora novel y que esa autora sea española. Un relato sobre cómo nos contamos , sobre amores y traiciones, sobre cómo un encuentro casual altera el curso de una vida, sobre cómo somos capaces de desnudarnos y hablar de -casi- todo con desconocidos. Y es una novela llena de imágenes y metáforas potentísimas. Todo este 2024 me ha acompañado esta idea: “Los numerales chinos distinguen entre dos tipos de cero, que son, en realidad, dos tipos de nada: una es la nada absoluta, la que supongo que da forma a los confines del universo, donde no ha existido nunca partícula alguna; la otra se representa con el carácter ling, que denota el rastro rezagado de lo que quedó atrás, como la humedad suspendida en la atmósfera después de una tormenta. Una ausencia definida por la traza de lo que fue y estuvo”.

‘Triste tigre’, de Neige Sinno (Anagrama). Un libro espectacular por el relato crudo del abuso sexual. Cuando solo era una niña Sinno fue violada por su padrastro, agresiones sexuales que se prolongaron durante años. La mujer adulta busca fórmulas para enfrentar la crueldad más absoluta y encuentra la fuerza en los relatos de Imre Kertesz, de Primo Levi o de Toni Morrison. Son ellos quienes le permiten comprender en qué consiste la culpa del superviviente. Y a partir de ahí encuentra el modo de narrarlo y darle forma de libro.

‘Presentes’, de Paco Cerdá (Alfaguara). ¿Se ha destapado Paco Cerdá como el gran narrador del siglo XX español? Aquí se mete de lleno en uno de los episodios más siniestros de la primera posguerra, el cortejo fúnebre que trasladó los restos de José Antonio Primo de Rivera desde el cementerio de Alicante al monasterio de El Escorial. Un camino que los falangistas recorrieron a pie, un camino lleno de simbolismo que Cerdá construye con frases que reverberan en la mente del lector consiguiendo hacerle viajar hasta aquel 1939, y haciéndole consciente de que mientras miles de falangistas honraban a su líder otros tantos miles de españoles, los vencidos, sufrían el hambre y la represión.
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Y una canción
¡Feliz 2025 y felices lecturas!
Muchas gracias