Sabina

by Lara Hermoso

En el radiocasette del coche sonaba ‘Princesa’, mi hermano, que acababa de sacarse el carnet de conducir, ejercía de pinchadiscos y jugaba a ser cantante entonando aquello de «¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte todos de tus andanzas?». Yo, que por aquella época no llegaba al metro y medio y todavía soñaba con ser princesa, pregunté desde el asiento trasero quién era el señor que hablaba de tener la boca de fresa. A mí siempre me había gustado la menta. Hasta aquel día. Era la primera vez que escuchaba a Joaquín Sabina.

Un tipo de Úbeda, hijo de comisario, que mi madre había descubierto varios años antes. Al que mis hermanos veneraban. Un canalla que se convirtió en la banda sonora de mi vida sin pedir permiso y sin avisar. Sabina no es el que mejor canta, ni el más guapo, pero es el único que se pone el bombín por amor a Chaplin y a Buster Keaton. Es un trovador, un académico de la lengua larga.

Sabina es muchos personajes en uno. Es un joven andaluz, “un paleto” -en sus propias palabras- que soñó con cambiar el mundo recitando a Vallejo. Es la oveja negra de una familia que sufrió viendo como dejaba colgados sus estudios de Filología Románica en la Universidad de Granada, para perseguir a una rubia de falda escocesa y exiliarse en el Londres de los setenta. Un emigrante de aquella España gris y franquista que jugó a ser Manuel en ‘La Busca’, de Baroja. Que fregó platos y aporreó la guitarra emulando a Paco Ibáñez y a Atahualpa Yupanqui antes de convertirse en Sabina.

Un caradura que a principios de los ochenta aterrizó en Madrid explotando su faceta de cantautor comprometido. Era el de La Mandrágora. El que escuchaba con devoción a Brassens y a Bob Dylan. El mismo que compuso ese himno para su ciudad de adopción llamado ‘Pongamos que hablo de Madrid’, y el mismo que me regaló a mí, madrileña también de adopción, el hilo musical de todos mis viajes de vuelta: «yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid».

En la década de los noventa Sabina se disfrazó con otra careta, la del juerguista y ligón, la del encargado de cerrar todos los bares, de apurar todas las copas. Pero siempre rodeado de los mismos músicos, esa guardia pretoriana que componen Pancho Varona y Antonio García de Diego. El éxito comercial nació de las noches de excesos. Y yo pensé que jamás podría escribir una canción más hermosa que ‘Y sin embargo’. Me equivoqué.

Sabina desnudó su voz de arreglos en ’19 días y 500 noches’ para regalarnos el mejor disco de su carrera, para enseñarnos cómo sonaba el último verano de su juventud. Quinientos días y diecinueve noches después un ictus estuvo a punto de costarle el pellejo. Dos discos muy flojos, un periodo de oscuridad, un alivio de luto que, pese a anunciarlo, no llegaba. Sabina dejó de pasar los días en las calles y las noches en los bares. Dejó las drogas. Sabina se hizo humano. Empezó a preferir los versos sin acordes, la compañía del círculo de poetas de Rota, las charlas con Caballero Bonald, con Felipe Benítez Reyes, con el añorado Ángel González.

El personaje eclipsó al artista, la leyenda desdibujó al cantante y algunos lo confundieron con un político.

Sabina ha cantado a favor del PSOE. Ha cantado contra la entrada de España en la OTAN. Ha cantado en mítines de Izquierda Unida. Sus hijas son nietas de un ministro de la UCD. Fue uno de ‘los de la ceja’. Ha cenado con los ahora reyes Felipe y Letizia en su casa de la plaza de Tirso de Molina. Ha bailado un pasodoble con Esperanza Aguirre. Le ha dicho sí, no, y todo lo contrario a Podemos. Hizo una gira llamada Carretera y top manta. Es taurino y amigo de José Tomás. Del Atleti. Y es uno de los pocos cantantes españoles capaces de llenar el mítico estadio bonaerense de La Bombonera. El artífice de que decenas de novios abran el baile nupcial deseando «que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel». El cantante que me dio cobijo entre los versos de ‘Peces de ciudad’. El culpable de mi educación sentimental.

El penúltimo de los personajes de Sabina es el de Ave Fénix. Resucitó de la felicidad conyugal para escribir, a cuatro manos con Benjamín Prado, ‘Vinagre y Rosas’, para girar con Joan Manuel Serrat. Solo o en compañía de su primo ‘El Nano’ se reencontró con su público. Y padres e hijos nos reconocimos en su repertorio de siempre. Porque Sabina siempre será aquella vieja cinta de cassette, ‘Juez y Parte’, la de ‘Princesa’ y el ‘Quédate a dormir’.

Quédate, pensé yo aquella noche de diciembre.

*
Y una canción.

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